Upcycling en IDEM
Mucho antes de que la moda circular tuviera nombre, manifiesto, hashtag y una pestaña propia en las webs de las grandes marcas, la ropa ya circulaba de hermanas mayores a pequeñas, de primas a primas, de madres a hijas y, con un poco de suerte, de alguna tía con bastante mejor gusto que el resto de la familia a una adolescente que acababa de descubrir que aquel abrigo olvidado en un armario era muchísimo más interesante que cualquier cosa que pudiera comprarse en una tienda.
La ropa se heredaba, se arreglaba, se ensanchaba, se estrechaba, se teñía, se cortaba y se volvía a coser, pero también se vendía en rastros, mercados, tiendas de viejo y puestos donde había que rebuscar bastante antes de encontrar algo que mereciera la pena. No había demasiada épica en todo aquello, ni hacía falta, porque durante siglos volver a usar una prenda fue sencillamente una forma lógica de relacionarse con algo que había costado dinero, materiales y trabajo y, aunque esto a veces se nos olvida cuando hablamos de segunda mano únicamente desde la sostenibilidad, también una extraordinaria manera de acceder a la moda.
La segunda mano, por mucho que ahora forme parte del vocabulario de la industria, no nació con Vinted, ni con el vintage, ni con la Generación Z y desde luego tampoco en un departamento de marketing.
Antes del “pre-loved” estaba la ropa usada
La expresión pre-loved es maravillosa, no tanto por bonita como por todo lo que cuenta de nosotros, porque parece que para volver a desear una prenda usada hemos necesitado cambiarle el nombre y quitarle de encima todo aquello que durante décadas había tenido de poco aspiracional.
Durante mucho tiempo llevar ropa heredada podía significar exactamente lo contrario de lo que significa hoy aparecer con una chaqueta de los setenta encontrada en un mercadillo de Berlín. La ropa usada hablaba de necesidad, de economía doméstica y muchas veces de clase social; si una prenda todavía servía, seguía utilizándose porque comprar otra no era una decisión banal.
Los mercados de ropa de segunda mano son, además, muchísimo más antiguos de lo que solemos imaginar. En ciudades europeas existieron durante siglos circuitos perfectamente organizados de compraventa de prendas usadas y, en la Valencia del siglo XV, por ejemplo, la ropa de ocasión ya permitía que las nuevas modas llegaran a sectores de la población que no podían acceder a ellas comprando prendas nuevas. Hace más de quinientos años la segunda mano ya estaba, de alguna manera, democratizando tendencias, lo cual resulta bastante curioso teniendo en cuenta la facilidad con la que ahora se presenta la circularidad como si acabáramos de descubrirla.
La ropa tenía también un valor material muy diferente al actual. Un vestido no era ese objeto relativamente barato que entra en casa un martes y puede parecernos viejo tres meses después, porque los tejidos eran valiosos, la confección requería tiempo y las prendas se transformaban para adaptarse a otros cuerpos y otros momentos. Una falda podía haber sido otra cosa antes, un vestido podía rehacerse, una prenda infantil podía recorrer a media familia y las telas sobrevivían incluso a la propia prenda.
Visto con cierta perspectiva, quizá la verdadera rareza histórica no sea que durante siglos hayamos reutilizado la ropa, sino haber llegado a asumir como normal la velocidad con la que hoy la compramos, la usamos y dejamos de quererla.
El armario como archivo familiar
Hay prendas que no valen prácticamente nada y, sin embargo, sería imposible ponerles precio: la camisa de un padre, un bolso de una abuela, la cazadora que alguien llevó durante toda una década o un vestido que aparece en fotografías familiares mucho antes de que llegue a nuestro armario.
Cuando heredamos ropa no heredamos solamente tejido, también gestos, épocas, maneras de vestir y hasta formas de ocupar el mundo, y ahí aparece algo que la moda nueva difícilmente puede fabricar de verdad: una biografía.
Las prendas usadas llegan con una vida anterior. A veces la conocemos y otras no tenemos ni idea de quién demonios llevó aquello antes, que también tiene su gracia, pero una costura rehecha, un bajo cambiado, una etiqueta antigua o un bolsillo deformado por años de meter las manos en él cuentan pequeñas cosas sobre un cuerpo que estuvo allí antes que el nuestro.
Después hacemos algo todavía más interesante, que es apropiarnos de ellas y convertirlas en otra cosa. Ponerse la americana de tu madre de 1987 no consiste necesariamente en vestirse como ella en 1987; puedes llevarla con unas zapatillas, una camiseta destrozada, un pantalón enorme o cualquier otra cosa que no habría pasado por su cabeza. La prenda conserva su pasado, pero cambia de lenguaje, y probablemente ahí esté una de las cosas más fascinantes de la segunda mano: obliga a interpretar en vez de limitarse a reproducir un look ya decidido.
Rebuscar también es una forma de construir estilo
Entrar en una tienda convencional es bastante fácil porque alguien ha decidido previamente qué colores combinan, qué siluetas corresponden a esta temporada, qué prendas deben estar juntas e incluso qué música tiene que sonar mientras las compras. Un mercadillo funciona de otra manera: hay un abrigo de lana al lado de una camisa imposible, un pantalón de una talla que no es la tuya, un bolso bastante feo y, de pronto, debajo de todo eso, aparece algo que ni siquiera estabas buscando.
Esa diferencia parece pequeña pero cambia por completo la relación con la ropa. En la segunda mano no siempre puedes comprar el look entero que alguien ha diseñado para ti, así que hay que mirar, descartar, imaginar, probar cosas que en una percha parecen espantosas y aprender a reconocer tejidos, cortes, acabados o posibilidades. Hace falta desarrollar ojo, y eso termina siendo bastante más interesante que limitarse a reconocer qué prenda está apareciendo esa semana en todos los escaparates.
Durante años los mercadillos, rastros y tiendas vintage han sido auténticos laboratorios de estilo precisamente porque mezclan épocas que la industria se empeña en mantener separadas. Los años setenta pueden acabar encima de unos pantalones de los dos mil, una chaqueta masculina puede cambiar completamente al pasar a otro cuerpo y una prenda que en su momento fue absolutamente convencional puede resultar rarísima treinta años después. La moda pierde así el orden cronológico y aparece una libertad que las colecciones perfectamente coordinadas dejan bastante menos espacio para explorar.
Entonces llegó la industria y descubrió la circularidad
Cuando el interés por la segunda mano empezó a crecer y conceptos como reutilización, reparación o circularidad entraron en la conversación pública, era cuestión de tiempo que las grandes compañías de moda entendieran que aquello también podía convertirse en relato de marca, y aquí empiezan buena parte de las contradicciones.
Una empresa puede lanzar una colección “consciente”, instalar un contenedor para recoger ropa usada, fabricar una bolsa con material reciclado y escribir la palabra circular en letras enormes, y algunas de esas iniciativas pueden tener efectos positivos de manera aislada. El problema aparece cuando todo eso sucede sin cuestionar lo esencial: producir cantidades gigantescas de ropa y conseguir que sigamos comprándola a una velocidad igualmente gigantesca.
Ninguna palabra verde resuelve una sobreproducción permanente y tampoco hay demasiada circularidad en comprar cinco prendas porque son “sostenibles” cuando no necesitábamos ninguna. Mucho menos si utilizamos el contenedor de reciclaje como una especie de confesionario contemporáneo en el que dejamos una bolsa de ropa, nos sentimos razonablemente bien y aprovechamos el hueco recién liberado para volver a llenar el armario.
Los últimos datos consolidados de la Agencia Europea de Medio Ambiente sitúan el consumo medio en la Unión Europea en unos 19 kilos de ropa, calzado y textiles para el hogar por persona y año. Son cifras de 2022, las más recientes comparables para toda la UE, pero los datos posteriores sobre la circulación de ropa usada dejan bastante claro que el problema no ha desaparecido precisamente: Europa sigue moviendo cantidades enormes de textiles desechados o reutilizados hacia otros mercados.
Por eso quizá convenga dejar de mirar únicamente qué hacemos con la ropa cuando deja de gustarnos y preguntarnos también por qué estamos comprando tanta.
Donar tampoco hace desaparecer la ropa
Durante mucho tiempo hemos imaginado el contenedor de ropa como el final feliz de una prenda: nosotros la depositamos allí y, de alguna manera bastante abstracta, alguien la reutiliza. La realidad, por supuesto, es bastante más compleja.
Europa exporta enormes cantidades de textiles usados y parte de esa ropa termina en mercados de segunda mano de África y Asia, mientras otra parte acaba convertida en residuo, depositada en vertederos o quemada. Que algo desaparezca de nuestro armario no significa que desaparezca del planeta y esta realidad vuelve todavía más absurda cierta versión de la moda circular basada exclusivamente en consumir, retirar, reciclar y volver a consumir.
La circularidad más eficaz probablemente sea también la menos espectacular y tiene bastante que ver con algo tan poco novedoso como ponernos la ropa muchas veces y durante mucho tiempo, repararla cuando se rompe, prestársela a alguien, venderla si ya no la queremos, comprar algo que ya existe antes de pedir que se fabrique otra cosa, heredar, intercambiar o transformar. No queda especialmente bien en una campaña con modelos corriendo por una playa, pero resulta bastante más coherente que llamar circular a un sistema que necesita seguir aumentando el volumen de ventas.
Segunda mano no significa consumo inocente
Tampoco hace falta convertir el mercadillo en una religión, porque comprar veinte prendas usadas que no necesitamos sigue siendo comprar veinte prendas que no necesitamos. Las plataformas de segunda mano también pueden alimentar la compra compulsiva, sobre todo cuando convierten cada objeto en una oportunidad barata y nos permiten vender rápidamente lo que acabamos de comprar para seguir entrando en la rueda.
Comprar de segunda mano no concede automáticamente superioridad moral y quizá sea mejor que no lo haga, porque reducir toda nuestra relación con la ropa a ser “buenos” o “malos” consumidores termina siendo agotador y, además, desplaza hacia las decisiones individuales un problema que también pertenece a quienes producen, distribuyen y ponen millones de prendas en circulación.
No hace falta sentir que estamos salvando el planeta cada vez que compramos unos pantalones; probablemente baste con recuperar una pregunta bastante menos solemne y mucho más útil: si de verdad queremos eso que estamos a punto de llevarnos.
Lo viejo también puede ser radicalmente nuevo
Hay otra razón para mirar hacia los armarios ajenos, las tiendas de segunda mano y los mercadillos que no tiene absolutamente nada que ver con salvar nada, y es que la moda se está volviendo terriblemente homogénea.
Las mismas tendencias viajan a una velocidad brutal, las mismas prendas aparecen en ciudades distintas, los algoritmos nos enseñan estéticas prácticamente idénticas y durante unos meses parece que medio planeta ha decidido simultáneamente ponerse el mismo zapato. Frente a esa uniformidad, la segunda mano introduce ruido mediante prendas descatalogadas, siluetas que ya no se fabrican, etiquetas desaparecidas, tejidos que hoy resultarían demasiado caros o chaquetas que no responden a ninguna colección actual.
Ahí reaparece algo que siempre ha sido fundamental en la moda: la posibilidad de construir identidad mediante la mezcla. Quizá por eso quienes realmente disfrutan de la ropa llevan décadas entrando en mercadillos, no necesariamente porque sean más responsables sino porque allí pueden encontrar cosas que no han sido seleccionadas previamente por un algoritmo, una tendencia de TikTok o el departamento comercial de una multinacional.
Vestirse con prendas de segunda mano permite estar, al menos un poco, fuera del presente, y en un momento en el que todo parece diseñado para que deseemos lo mismo exactamente a la vez, esa pequeña desviación tiene bastante de resistencia.
La moda circular ya estaba en casa
Puede que hayamos complicado demasiado algo que nuestras abuelas entendían perfectamente: una prenda buena se cuidaba y, si se rompía, se arreglaba; si dejaba de servirle a alguien, podía servirle a otro; si era demasiado grande se metía, si era demasiado larga se cortaba y, si el tejido merecía la pena, se buscaba la manera de aprovecharlo.
No necesitamos idealizar el pasado, porque muchas de aquellas prácticas nacían de la escasez y no de una conciencia ecológica que sencillamente no existía como la entendemos hoy. Pero tampoco deberíamos despreciar todo lo que había de inteligencia material en ellas, desde saber reconocer una buena prenda y cuidarla hasta arreglarla, transformarla o entender cuándo merece la pena conservarla.
Tal vez el futuro de la moda no necesite inventarlo todo otra vez y una parte de las respuestas lleve décadas esperando en el fondo de un armario, dentro de una caja, en el puesto de un mercadillo o colgada entre otras cincuenta prendas que nadie ha mirado todavía. Hay que rebuscar un poco, sí, pero quizá precisamente ahí esté la gracia.