Una cosa es el unifome creativo…
… y luego están nuestrxs alumnes
Hay profesiones en las que existe uniforme y profesiones en las que todo el mundo asegura que no existe uniforme mientras se presenta a trabajar vestido exactamente igual que sus compañeros.
En el segundo grupo están buena parte de las profesiones creativas. Diseñadores gráficos, arquitectos, directores de arte, fotógrafos, gente del mundo editorial, creativos publicitarios, comisarios, galeristas, diseñadores de producto y una larga lista de personas que trabajan precisamente con la idea de originalidad, identidad y mirada propia, pero que a la hora de vestirse parecen haber llegado a una especie de acuerdo silencioso: negro, gris, azul marino, camisa blanca, pantalón amplio, zapatilla aparentemente discreta que probablemente no es tan discreta ni tan barata, gafas con carácter y alguna pieza que parece elegida al azar pero que, por supuesto, no lo está.
No es una crítica, o no del todo, porque también nosotres hemos estado ahí y seguramente volveremos mañana. Lo curioso es que cuanto más creativo parece el entorno, más fácil resulta identificar determinados códigos. Basta entrar en un estudio de diseño, una inauguración, una agencia o una presentación para descubrir que la ausencia de dress code no significa necesariamente ausencia de uniforme, sino que el uniforme se ha vuelto más sutil, más personal, más caro en algunos casos y, sobre todo, mucho más difícil de reconocer como tal.
Antes de seguir: los estilistas no cuentan
Conviene hacer aquí una excepción antes de que alguien de IDEM venga a pedir explicaciones, porque los estilistas de moda juegan en otra liga.
En estilismo no hay un uniforme reconocible ni una fórmula que se repita de lunes a viernes y, de hecho, probablemente sea una de las pocas profesiones creativas en las que alguien puede aparecer tres días seguidos vestido como tres personas completamente distintas sin que nadie sospeche que está atravesando una crisis de identidad.
Tiene bastante lógica. Un estilista trabaja precisamente probando registros, mezclando épocas, entendiendo códigos, rompiéndolos, cambiando proporciones y utilizando la ropa para construir personajes. En la formación en estilismo de IDEM, por ejemplo, se trabaja justo con elementos como el color, la silueta, la proporción, las referencias y la creación de looks en contextos muy distintos, así que no resulta extraño que el propio armario termine funcionando también como campo de pruebas.
Hoy puede aparecer con una americana enorme y pantalón masculino, mañana con una camiseta imposible encontrada en un mercadillo y al día siguiente vestido de una manera que no sabríamos explicar pero que, de algún modo, funciona. Los estilistas son, en este sentido, la especie del ecosistema creativo que se negó a uniformarse.
Con el resto podemos seguir.
El diseñador o diseñadora gráfica y sus siete camisetas negras
Hay algo bastante enternecedor en la cantidad de personas que trabajan creando sistemas visuales complejos y han decidido resolver su propia identidad con tres colores.
El diseñador gráfico probablemente tenga varias camisetas negras que, para cualquier otra persona, son exactamente iguales. Para él no. Una tiene mejor cuello, otra cae peor, otra es “la buena”, otra se ha lavado demasiadas veces y otra tiene exactamente el negro correcto.
También puede aparecer la camisa blanca, preferiblemente sin demasiadas cosas ocurriendo, o un pantalón amplio que comunica algo situado entre “trabajo con tipografía suiza” y “sé perfectamente quién diseñó esta silla”.
En realidad tiene sentido. Quien pasa todo el día tomando decisiones visuales puede sentir cierta necesidad de reducir el ruido cuando se viste, y además el uniforme ayuda a construir una especie de continuidad personal. Si tu trabajo consiste en ordenar, editar y eliminar lo innecesario, tampoco resulta tan raro acabar aplicándote el mismo criterio encima.
El problema empieza cuando veinte diseñadores gráficos llegan a la misma sala y descubrimos que todos han alcanzado, de manera completamente independiente, la misma conclusión.
El arquitecto descubrió el negro antes que nosotros
Con la arquitectura hay poco que explicar porque el cliché se ha construido prácticamente solo durante décadas: negro, gris, azul muy oscuro, líneas limpias, materiales que parecen elegidos más por textura que por tendencia y una relación con el color que puede llegar a ser ligeramente hostil. Una camisa verde botella ya puede parecer una aventura.
El fenómeno es tan reconocible que la arquitecta y periodista Cordula Rau acabó convirtiendo la pregunta “¿por qué los arquitectos visten de negro?” en este libro entero, recopilando durante años las respuestas manuscritas de arquitectos, artistas y diseñadores. Es difícil encontrar una prueba más divertida de que, al menos como imaginario colectivo, el uniforme existe.
No todos los arquitectos visten así, obviamente, pero detrás del cliché hay una idea bastante interesante: la ropa como extensión de una forma de pensar. El uniforme comunica seriedad, precisión, continuidad y cierta distancia de aquello que cambia demasiado deprisa; también comunica “no tengo tiempo para esto”, aunque haya gente que haya tardado bastante en construir exactamente ese aspecto de persona que no tiene tiempo para esto.
Y ahí aparece una de las grandes paradojas del uniforme creativo: parecer que no se ha pensado demasiado suele requerir pensar bastante.
La espontaneidad cuidadosamente preparada
Esto ocurre en muchas profesiones creativas. Hay un tipo de estilismo personal que quiere transmitir que la persona simplemente se ha puesto lo primero que ha encontrado, aunque lo primero que ha encontrado sea una camisa japonesa de corte perfecto, un pantalón que aparentemente no tiene forma pero tiene exactamente la forma correcta y unas zapatillas que llevan seis meses agotadas.
El descuido también puede ser una estética y probablemente sea una de las más difíciles de construir bien. Hay quienes desarrollan una identidad visual a base de prendas muy sencillas, quienes repiten siempre la misma silueta, quienes solo compran determinados colores y quienes encuentran una combinación que les funciona y ya no sienten ninguna necesidad de cambiarla porque aparece una tendencia nueva.
Eso no necesariamente significa aburrimiento. A veces significa que alguien ha probado suficiente como para saber qué le funciona.
Cuando vestirse siempre igual es una firma
Hay personas a las que podríamos reconocer sin verles la cara simplemente por cómo visten, y eso tiene bastante de construcción de identidad.
El uniforme personal puede actuar casi como una firma gráfica. Repetir una silueta, una gama cromática o un tipo de prenda hace que la imagen se vuelva reconocible y, con el tiempo, casi inseparable de quien la lleva. La propia industria de la moda lleva años jugando con esa idea y recientemente Harper’s Bazaar volvía a ponerla sobre la mesa al hablar de ese “uniforme personal” en este artículo que convierte la repetición en una forma de autoridad y reconocimiento, aunque también planteaba algo bastante más interesante: quizá encontrar un estilo no tenga por qué significar llegar a una respuesta definitiva y no moverse de ahí nunca más.
Esto ocurre especialmente en profesiones donde la imagen forma parte de la presencia pública. Un director creativo, un diseñador, un artista o un fotógrafo no solo produce trabajo, también ocupa determinados espacios, da entrevistas, presenta proyectos, asiste a eventos y acaba proyectando una imagen que se mezcla inevitablemente con lo que hace.
En ese contexto, repetir puede ser mucho más potente que cambiar constantemente. Nos han enseñado durante años que tener estilo significa saber reinventarse, pero quizá también pueda significar haber encontrado algo propio y no sentir demasiada necesidad de abandonarlo cada seis meses.
El problema es cuando todos encontramos “lo propio” en el mismo sitio
Aquí empieza la parte divertida, porque si todos los creativos visten diferente de la gente normal pero igual entre ellos, ¿sigue siendo una decisión individual?
Las profesiones creativas también generan tribus y las tribus generan códigos. Podemos llamarlo sensibilidad compartida, referencias comunes, entorno cultural o simplemente gusto, pero al final hay prendas, marcas, proporciones y maneras de combinar que funcionan como señales de pertenencia.
En una oficina tradicional el código puede ser explícito: traje, camisa, determinado tipo de calzado. En un estudio creativo nadie te va a decir que no puedes ir con un polo de colores y unos náuticos, pero probablemente tú mismo decidas no hacerlo después de mirar alrededor.
Esa relación entre la ropa y la forma en que construimos nuestra identidad no es solo una intuición del mundo de la moda. Este estudio publicado en Frontiers in Psychology analiza cómo la ropa puede influir en la autoconfianza a través de la autoexpresión y la identidad social, es decir, cómo lo que llevamos puede ayudarnos a expresar quién creemos ser, reforzar nuestra sensación de pertenencia a determinados grupos y participar también en la manera en que nos presentamos ante los demás.
La libertad estética también tiene normas, solo que son menos visibles y muchas veces resultan más eficaces precisamente por eso. Nadie obliga al creativo a vestir de negro, pero de alguna manera el negro aparece; nadie firma un documento que prohíba las prendas demasiado convencionales, pero existe una habilidad colectiva extraordinaria para detectar cuándo algo parece demasiado convencional, y tampoco hay un reglamento que exija gafas interesantes, aunque a veces cueste creerlo.
Vestirse para que se entienda quién eres
La ropa tiene algo de lenguaje profesional. No vestimos igual para ir a una entrevista en un banco que para trabajar en una revista de moda porque entendemos, aunque sea de forma intuitiva, que cada espacio tiene sus propios códigos. La diferencia está en que los sectores creativos suelen presentarse a sí mismos como espacios de libertad individual y eso hace mucho más divertido descubrir hasta qué punto también desarrollan sus propias reglas.
Un uniforme creativo puede decir “sé dónde estoy”, “entiendo este mundo” o “pertenezco aquí” sin necesidad de explicarlo, y eso no tiene por qué ser negativo. La moda siempre ha servido también para reconocernos entre nosotros; las subculturas, las escenas musicales, los movimientos artísticos y las profesiones han utilizado la ropa como una forma de identificación mucho antes de que empezáramos a hablar de marca personal. Lo interesante, a lo mejor, sea ser consciente de ello.
La fatiga de decidir también existe
Hay otra razón mucho menos filosófica para vestir siempre parecido y es que funciona. Encontrar una combinación que sabes que te queda bien, te representa y sirve para la mayoría de situaciones elimina bastante ruido cotidiano. No todo el mundo necesita convertir cada mañana en un ejercicio creativo y, curiosamente, algunas de las personas que más creatividad utilizan durante el día son precisamente las que menos necesitan demostrarla en su armario.
Existe además algo agradable en repetir. Ponerse una prenda cientos de veces hace que deje de ser simplemente ropa para convertirse en parte de nuestra manera de estar y quizá durante demasiado tiempo hemos asociado estilo con novedad y variedad, cuando una persona con cinco prendas perfectamente elegidas puede tener una identidad muchísimo más clara que alguien con un armario enorme.
La verdadera diferencia entre uniforme y falta de imaginación
Probablemente esté en la intención. Vestirse siempre igual porque no sabemos qué hacer puede resultar aburrido, pero vestirse siempre igual porque hemos decidido que esa combinación nos representa es otra cosa. El uniforme creativo funciona cuando se convierte en una elección consciente, cuando hay una razón detrás de las proporciones, los colores, las prendas y la forma de llevarlas, y no necesita ser espectacular, original en cada detalle ni demostrar constantemente que conocemos las últimas tendencias.
De hecho, quizá una de las cosas más sofisticadas que puede hacer alguien que trabaja en un entorno creativo sea dejar de intentar parecer creativo todo el tiempo.
También conviene aceptar que nuestro uniforme puede cambiar. Lo que nos representa a los veinte probablemente no sea lo mismo que a los cuarenta y una silueta que sentimos propia durante años puede dejar de tener sentido sin que haya ocurrido ninguna tragedia estética. La identidad no tiene por qué ser una cárcel, aunque tenga muy buen patronaje.
Y luego están los estilistas, otra vez
Mientras arquitectos, diseñadores, fotógrafos y directores creativos seguimos intentando convencernos de que nuestra quinta camiseta negra es completamente distinta de las otras cuatro, los estilistas probablemente ya hayan cambiado tres veces de idea.
Quizá porque su relación con la ropa es distinta. Para ellos una prenda no tiene una identidad fija, sino que depende de quién la lleva, con qué se combina, en qué contexto aparece y qué historia queremos contar con ella. Puede que por eso resulten más resistentes al uniforme o puede que simplemente tengan demasiada ropa.
En cualquier caso, algo podemos aprender de los dos extremos: de quienes han encontrado una fórmula y la repiten sin complejos y de quienes entienden vestirse como un espacio permanente de experimentación, porque tener estilo quizá no consista en cambiar mucho ni en cambiar poco, sino en saber por qué hacemos una cosa o la otra.
Y si después de todo esto mañana vuelves a ponerte de negro, tampoco vamos a juzgarte. Nosotres probablemente también.