Vivienne Westwood con traje de tartán y correas de bondage, Londres, 12 de abril de 1977. © Condé Nast Archive/Corbis
Portada: Comme des Garçons, campaña 1981-1986. Del libro Comme des Garçons 1981–1986, dir. Rei Kawakubo. Publicado por Chikuma Shobo, Tokio, 1986.
Harris Reed, colección «Duet» AW23. © Harris Reed.
Antimoda ¿Qué pasa cuando la moda decide que no quiere serlo?
Esa pregunta lleva más de medio siglo acumulando respuestas. Y cada una de ellas es una pequeña revolución: en las telas, en los cuerpos, en las calles, en los sistemas de poder que regulan qué se considera bello, qué se considera vendible, quién tiene derecho a ocupar qué espacio.
La antimoda no es la ausencia de moda. No es ponerse lo primero que sale del armario ni declarar que la ropa da igual. Es, de hecho, todo lo contrario: es una postura intelectual, política y estética que pone en cuestión las reglas del juego desde dentro del juego mismo. Y eso, aunque suene contradictorio, es exactamente lo que la hace tan potente.
De dónde viene esto
El término anti-fashion empieza a circular formalmente en los años 70, pero las ideas que lo sostienen son bastante más antiguas. Hay quien las rastrea hasta el dadaísmo de principios del siglo XX, ese movimiento que se dedicó a romper las reglas del arte para cuestionar el arte mismo. Hay quien conecta la antimoda con los situacionistas franceses de los 60, con su crítica radical al consumo, al espectáculo, a la vida convertida en escaparate.
Pero si hay un momento fundacional reconocible, un punto en el que todo empieza a tomar forma, ese es el Londres punk de mediados de los 70. Y si hay una persona que le puso cuerpo a esa revolución, esa es Vivienne Westwood.
El punk, o cómo convertir la rabia en prenda
Westwood no empezó en el mundo de la moda. Empezó en la política, en la subcultura, en la rabia. Su tienda en el 430 de King’s Road, que fue cambiando de nombre a medida que cambiaba de piel, Let It Rock, Too Fast to Live Too Young to Die, SEX, Seditionaries, era más un manifiesto en forma de local que un punto de venta. Las prendas que salían de allí no estaban pensadas para gustar: estaban pensadas para perturbar. Imperdibles, cadenas, referencias sexuales explícitas, imágenes que desafiaban a la corona británica, a la moral de la época, a todo lo que se esperaba de una tienda de ropa.
El punk tomó el DIY, hazlo tú misme, como filosofía de producción y también de identidad. Si la moda del momento te excluía, te fabricabas la tuya propia. Y si podían arrestarte por llevar determinada camiseta por la calle (y en el Londres de los 70 pasó), entonces esa camiseta era exactamente la que tenías que ponerte.
Lo que el punk demostró es algo que parece obvio pero no lo era en su momento: la ropa puede ser un acto político. Puede ser un rechazo, una declaración, un lenguaje que no necesita palabras para decir exactamente lo que piensa.
El terremoto japonés
Si el punk fue el escupitajo, la llegada de los diseñadores japoneses a París en 1981 fue el terremoto.
Rei Kawakubo, fundadora de Comme des Garçons, y Yohji Yamamoto se presentaron ese año en la semana de la moda parisina con colecciones que dejaron a la industria sin respuesta. La prensa los llamó «Hiroshima chic». Lo decían como insulto. Era, sin quererlo, el mayor cumplido posible.
Kawakubo presentó prendas negras, asimétricas, con costuras visibles, telas que parecían rotas, proporciones que no obedecían al cuerpo sino que lo interrogaban. Nada de glamour, nada de lisonja, nada de lo que la moda occidental entendía hasta entonces por belleza. Y sin embargo era imposible apartar la mirada.
Yamamoto venía del mismo sitio. Ropa que envolvía el cuerpo sin revelarlo, que cuestionaba por qué la ropa tenía que servir para realzar, seducir, reducir, moldear. Ropa que respetaba al cuerpo precisamente por no someterlo a ningún ideal.
Juntes, junto a Issey Miyake, que exploró los límites entre prenda y escultura, entre arquitectura y tejido, inauguraron lo que se conoce como la nueva ola japonesa y dejaron una estela que todavía no ha acabado. Introdujeron en el vocabulario de la moda conceptos que no se habían visto antes: la deconstrucción como método, la asimetría como principio estético, el negro como postura intelectual, el género como algo que la ropa no tenía por qué reforzar.
La industria tardó en aceptarlos. Pero una vez que los aceptó, ya no pudo ignorarlos.
Bélgica: el anonimato como política
Los japoneses inspiraron a los belgas. Y los belgas llevaron la antimoda a otro nivel de profundidad conceptual.
Los Seis de Amberes, diseñadores egresados de la Real Academia de Bellas Artes de Amberes a mediados de los 80, se presentaron en Londres con una camioneta y sus propias colecciones porque ningún showroom los quería. Ann Demeulemeester, Dries Van Noten, Walter Van Beirendonck: nombres que hoy son referencia absoluta y que entonces llegaron sin apoyo, sin presupuesto, sin que nadie les hubiera dado permiso.
Martin Margiela merece un párrafo aparte. Quizá el más enigmático y radical de todos. Sus colecciones deconstruían las prendas hasta revelar su esqueleto: forros al exterior, costuras expuestas, ropa en proceso aparente de deshacerse. Nunca aparecía en público. Nunca daba entrevistas con nombre. Las etiquetas de sus prendas iban en blanco. El anonimato como postura, la invisibilidad como firma.
Margiela demostró que una prenda puede ser una pregunta. Y que esa pregunta puede ser más poderosa que cualquier respuesta que dé un lookbook.
Antimoda y queer: cuando el cuerpo es el territorio
No se puede hablar de antimoda sin hablar de queer. Las dos cosas van de la mano porque cuestionan exactamente lo mismo: las normas que regulan qué cuerpos son visibles, qué cuerpos son deseables, qué cuerpos tienen derecho a ocupar espacio y con qué ropa.
La moda queer lleva décadas usando la vestimenta como acto de resistencia. El drag como subversión del género. El cuero como apropiación de la masculinidad. Los tacones en cuerpos que «no deberían» llevarlos. La purpurina en contextos que «no deberían» brillar. La mezcla deliberada de lo que «es de hombre» y «es de mujer» como acto de rechazo de esas categorías desde su raíz.
Todo esto es antimoda en el sentido más potente del término: usar la vestimenta para rechazar el sistema que la regula. Y también es política corporal, porque la antimoda queer no habla solo de ropa: habla de quién puede existir, de cómo, y de si el mundo en el que vive está dispuesto a mirar o prefiere apartar los ojos.
Hussein Chalayan, Rick Owens, Harris Reed, nombres más recientes como el de Wales Bonner: diseñadores que desde distintas orillas han seguido tirando de ese hilo, cada une a su manera, cada une con su propia forma de hacer de la prenda un territorio de disputa.
Vetements: cuando el sistema se come a sí mismo
En los 2010, Demna Gvasalia irrumpió con Vetements y puso el dedo en otra llaga. ¿Qué pasa cuando la industria absorbe la crítica y la convierte en producto? Sudaderas del servicio de reparto DHL a precio de lujo. Logos de cadenas de supermercado reinterpretados como alta costura. Una ironía tan afilada que dejaba sin respuesta: ¿es esto una crítica al consumo o es consumo de lujo disfrazado de crítica al consumo?
La pregunta sigue abierta. Y eso, en sí mismo, ya dice algo sobre el momento en que estamos.
¿Y ahora? La antimoda en 2026
Hoy la antimoda tiene muchas caras, y no todas vienen de la pasarela.
La más visible es quizá la que se articula alrededor del consumo: el movimiento no-buy, la slow fashion, el rechazo al fast fashion como acto político. Comprar menos como postura. Reparar en lugar de sustituir. Construir un armario que no tenga que renovarse cada temporada porque las temporadas son, en parte, una ficción inventada para vender más.
También está la antimoda de la identidad: cada vez más diseñadoras, creatives y marcas cuestionan abiertamente las categorías de género en la ropa. Siluetas que no definen. Tallas que no excluyen. Ropa que se niega a decirte quién eres o quién deberías ser.
Y está la antimoda de la autoría: la pregunta de para quién se diseña realmente, quién aparece en las campañas, quién puede acceder a una formación en moda, quién puede trabajar en este sector y quién sigue excluide por cuestiones de clase, de cuerpo, de género, de origen.
La antimoda, en ese sentido, no es solo una postura estética. Es una pregunta que se hace constantemente sobre el poder. Y en una industria que ha vivido históricamente del deseo y de la exclusión, esa pregunta sigue siendo incómoda. Sigue siendo necesaria. Sigue siendo, también, productiva.
Una nota sobre quienes lo llevan al aula
En IDEM tenemos la suerte de contar con profes que no solo conocen la antimoda sino que la encarnan.
Javier de la Blanca, alumni del Máster en Estilismo y Dirección Creativa de Moda de IDEM y hoy referente de la dirección creativa desde Berlín, es de esas personas que hacen que la antimoda deje de ser un concepto abstracto y se convierta en algo que puedes sentir, entender y usar. Su trabajo, queer hasta los cimientos, transgresor y profundamente político, es exactamente el tipo de referencia que les alumnes necesitan para entender que la moda puede ser mucho más que tendencias y colecciones.
Cuando da clase, algo cambia. No solo la forma de ver la moda: también la forma de pensar la propia identidad y el propio lugar en el mundo. Porque al final, eso es lo que la antimoda hace bien. No te da respuestas. Te pone incómodo con preguntas que quizá nunca te habías hecho.Y esa incomodidad, bien trabajada, es el principio de cualquier proceso creativo que valga la pena.
¿Te interesa aprender a pensar la moda desde ese lugar? En el Máster en Estilismo y Dirección Creativa de Moda de IDEM exploramos exactamente eso: cómo desarrollar una mirada propia, crítica y con criterio en un sector que necesita urgentemente más gente que haga las preguntas incómodas.